Hoy juega el Murcia, a última hora, para cerrar una extraña semana llena de festivos en la ciudad, con martes de Romería al Santuario de la Fuensanta y viernes sagrado, de peregrinación al otro templo, a ese que llevaron al otro extremo de la ciudad. Ese en el que los romeros estamos condenados a sufrir los atascos cada dos semanas, no una vez al año.

Esta noche viene, además, el enemigo absoluto, el antihéroe perfecto, ese que reúne todo: filial y encima del equipo paradigma del fútbol moderno; falso humilde, saqueador de canteras e hinchado por los millones de un presidente de lista Forbes (imputado y condenado más de una vez, por cierto), que hasta se permitió fichar a un israelí defensor del genocidio el último día del mercado, y sin apenas hacer ruido en la opinión pública. Es lo que tienen los millones. (Recuerda cuando el Murcia incendió el fútbol español (¡!) por reclamar justicia. Y ahora imagina que el Murcia fichara a un defensor del genocidio. Pues eso).

Frente a ese rival feo, el Murcia tratará hoy de convencer a los que, ya a mitad de septiembre, empiezan a tener dudas, tanto de resultados como de sensaciones. Los primeros viven de los datos, y nada que reprocharles: un error de Gazzaniga en Marbella y la cagada colectiva monumental contra el Madrileño en el minuto 99 les dan la razón.
Con los segundos, en cambio, el debate es más profundo. ¿Jugamos de verdad esta temporada a otra cosa? Después de tres partidos oficiales, y a pesar de que las bajas apenas nos han dejado ver lo que puede ser el equipo, esto sí parece otra cosa. Esperemos que mejor, pero sin duda es otra cosa. De momento, no hay partido en el que el Murcia no llegue a la portería contraria 10 o 12 veces con peligro real y, al margen de los altibajos de cada partido, lo increíble ha sido no terminar con tres, cuatro o más goles cada encuentro. Con acierto, ni unos ni otros tendrían tantas dudas.

Es viernes festivo: juega el Murcia. Y nos jugamos todo el fin de semana, casi nada. Jugar viernes entraña riesgos, ya sabes: planea una mala hostia tremenda por la posible derrota, el humor de perros, el sábado con aroma del peor lunes. Un triunfo, en cambio, le dará un sabor especial y divino a todas las cervezas que vengan. Cara o cruz. El fin de semana en 90 minutos, o más bien cien.

Hay quien prefiere no jugársela así, que las cervezas tengan siempre el mismo sabor tibio, que nadie te estropee el fin de semana, no estar demasiado triste ni demasiado feliz. Hay quien prefiere no ser demasiado de un equipo de fútbol, ni amar demasiado. Quien prefiere estar tranquilo, que todos los días sean un poco iguales, miércoles o jueves por la tarde, qué sé yo. Hay quien prefiere no tener este cosquilleo tonto, absolutamente irracional, que nos recorre todo el día porque hoy juega el Murcia.

Oliva

@beantuit

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