REAL MURCIA -0-1- CE SABADELL

REAL MURCIA: Gazzaniga, David Vicente, Alberto, Héctor Pérez, Mier (Cristo Romero, 84), Isi Gómez, Antonio David (Pedro León, 84), Pedro Benito, JC Real (Bustos, 46), Palmberg (Flakus, 33) y Ekain (Meca, 61). Suplentes: Piñeiro (ps), Jaso, Zeka, Sekou, Jorge Sánchez y Manu.

C E SABADELL: Fuoli, Toni Ripoll (Carlos García, 79), Bonaldo, Fornés, Sergi Segura, Astals, Urri, Liamed, López-Pinto (Sergio Cortés, 70), Joel Priego (Quim Utgés, 86) y Coscia (Miguelete, 70). Suplentes: Ortega (ps), Alemán, Jordi Ortega, Tito y Estebe.

Árbitro: Monterrubio Torres (colegio aragonés). Amarillas para Urri (17´), Alberto (51´), Fornés (72´) y Carlos García (82´).

Goles: 0-1 (min. 7): Joel Priego.

Incidencias: Nueva Condomina. Pobre entrada con 11295 espectadores.

Comentario: Se acabó la vida placentera, los sueños incompletos, y volvieron a aparecer las deudas a interés elevado, el fútbol hipotecado y la realidad de medirse a un rival de enjundia, un equipo que realmente competía mejor que jugaba, y eso que acariciaron momentos de esplendor ante un equipo grana sin brújula. Perdieron los nuestros, claro está, pero la lección debe servir para conocer el listón al que hay que llegar, la medida de la barrera a saltar, el gol que hay que marcar cuando y donde se debe.

Porque hay días en los que no merece la pena encontrarse con nadie, días en los que cualquier ejercicio de socialización te deja expuesto, con todas las heridas abiertas, con todas las penurias que escondes, sin nada que te cure. Esos días se pasa consulta con rutina, sin alardes, sin pensarse demasiado porque, si se hace, pueden aparecer costuras que tratabas de esconder. Y coserlas, sin sedal para el anzuelo, te deja firmando un manifiesto con el que no hay acuerdo.

Al Real Murcia, acostumbrado con Colunga a hacer los deberes con buena letra, dejó transcurrir su vida en el inicio con el hábito del que se gusta demasiado, del que cree haber resucitado cuando aún la muerte no acechaba (y acecha). Por eso, engulleron confianza como los críos afrontan con gula un empacho de dulces. Y ahí, se minimizan, ahí recuerdan los tiempos de Etxeberría, ahí son vulnerables. Más ante un equipo con ideas definidas, no claras, diáfanas, con la memoria en las botas y el fútbol en las neuronas. Este Sabadell, en el primer acto, pareció de otra liga, de otro nivel, un equipo que, atacando y combinando en campo contrario, parecía tener armas de destrucción masiva en sus botas. Por eso se adelantó a los siete minutos cuando pudo hacerlo tres minutos antes con el mismo protagonista, Joel Priego.

Desbordaban como querían y avisaban, a sopapos, que los granas tenían que despertar. Era cuestión de tiempo que el letargo finalizara, que la vida comenzara, aunque fuera con retraso, para los de Colunga. Lo hizo con el martilleo de Pedro Benito, que parece haber nacido bautizado en una pila bautismal grana. Espoleó en la presión y, al menos, se le unió JC Real y Ekain para fabricar, a los 20 minutos, un remate a la madera. Ya parecía que el día aceptaba remiendos, aunque fuera peleando contracorriente.

El banquillo local desperezó su día señalando a Palmberg como alma del desaguisado ofensivo. Sustituido cuando se cruzaba la media hora, Flakus despertó a la grada agitando el ataque con su fútbol subversivo, a impulsos de fe, pero tampoco cayó en la soberbia de una zaga catalana, que jugaba de memoria, con el puño sin apretar el corazón, el mismo que casi estalla al borde del descuento, cuando Toni Ripoll se topó con Gazzaniga para evitar el segundo gol arlequinado.

Pero no estaba el partido tampoco para aventuras en la segunda mitad. Y eso que Colunga quiso dar otra vuelta de tuerca a su dibujo dando entrada a Bustos para sacar el cuchillo en el costado, pero nada, apenas lo empuñó el asturiano. Los de Ferrán Costa alzaban su juego con un ADN muy definido que hacía sufrir al equipo grana, un equipo con equilibrio entre líneas, sin salirse de una calzada donde su velocidad de crucero le hacía soportar las ligeras embestidas locales sin apenas perder su sitio. Y, lo peor, es que tampoco querían firmar la sentencia. Toni Ripoll, al cuarto de hora, avisaba con un remate al larguero de falta directa que sellaba la boca en los gritos de la grada. Faltaba mucho, pese a todo, un tercio de partido que era un mundo, una vida en unas manos murcianas que no apretaban al partido para hallarle el pulso.

Atacaban sin plan definido, sin fútbol en un mapamundi mudo donde no acertaban a colocar los puntos cardinales con el balón. Era este un rival que no esperaba, con un portero que comenzó a agigantarse con el paso de los minutos, con un equipo que se echó atrás ante el empuje local, sin fútbol, pero apasionado. Vio Colunga achicarse a los visitantes e hizo crecer sus líneas varios metros en campo contrario. Fue una estrategia sin ser tal, aprovecharse de la flaqueza que no había mostrado el Sabadell hasta esa fecha en el partido. Quince minutos, con descuento incluido, en el que por vez primera fueron mejores los de casa, pero sin amedrentar, sin apenas arañar a un Sabadell que demostró a los granas que esto es lo que se espera cuando la meta es elevada.

 

Ángel García

@__AngelGarcia__

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